El calentamiento global no es una proyección teórica, es el marco operativo bajo el cual debemos gestionar la infraestructura crítica. Aunque los esfuerzos de mitigación global continúen, la persistencia de los eventos climáticos extremos nos obliga a priorizar la adaptación. Para el sector energético esto es una exigencia técnica: asegurar la continuidad del servicio y la estabilidad de las redes en un entorno de alta variabilidad hidrológica.
Este cambio paradigmático trasciende los debates clásicos de la transición energética al enfocarse en la sostenibilidad operativa en condiciones de estrés extremo. En nuestra región, la respuesta más eficiente a este desafío no es el aislamiento autárquico, sino la integración regional como un amortiguador de shocks sistémicos.
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