El año pasado comencé a leer la biografía de Angela Merkel. Presentía, por el título y por la autora, que iba a ser un buen libro, y así lo fue. De hecho, da para muchas notas, por la variedad de temas y episodios que aborda.
A diferencia de lo que sugiere la sinopsis —que da a entender que el libro tiene dos partes—, creo que en realidad hay al menos tres, incluso una cuarta, mucho más breve. Primero, su vida en la RDA hasta la unificación alemana; luego, una etapa política inicial de fuerte crecimiento, que la lleva a liderar la CDU en uno de sus peores momentos políticos; después, la etapa como canciller, probablemente la más rica para quienes nos interesa la política y la política internacional; y, finalmente, un tramo de cierre de carrera, muy pensado, que me pareció particularmente inteligente.
Esta primera nota o reflexión general, sin embargo, es sobre la libertad y el COVID-19. Merkel narra todo el libro con fechas, con una minuciosidad notable en el relato de los hechos. Eso ya de por sí impacta, pero lo que más me llamó la atención es el detalle en este periodo tan particular. Casi de inmediato recordé las palabras de Jorge Batlle en un reportaje a diez años de la crisis de 2002, cuando decía: “Cuando uno participa de una tormenta de esa naturaleza, y está a bordo de un barquito azotado por olas terroríficas, y después de un tiempo llega a una costa libre y tranquila, y pretende hacer memoria de lo que le pasó y de cómo le pasó, le puedo asegurar que es muy difícil reconstruir el tiempo vivido.”
Con la pandemia ocurre exactamente lo mismo. Es cierto que contábamos con más información y con mayores soportes tecnológicos, pero aun así intentar reconstruir un suceso de esa magnitud resulta extremadamente difícil. Mientras leía, no podía dejar de pensar en cada fecha que Merkel narraba: en qué etapa estaba nuestro país, qué decisiones se habían tomado, qué estaba pasando en ese mismo momento.
Cuando miramos el comportamiento de Uruguay frente a la pandemia aparecen similitudes interesantes. Es cierto que Alemania, a diferencia de nuestro país, impuso algunas restricciones y debió enfrentar además las dificultades propias de su estructura federal para aplicar medidas de carácter más prohibitivo. Sin embargo, hubo una cierta sintonía en el énfasis puesto en la responsabilidad individual y colectiva.
En un pasaje, Merkel apela explícitamente a ese concepto: “Sentimos al mismo tiempo que la libertad no significa que todo el mundo pueda hacer lo que quiera. Al contrario, justo ahora la libertad significa responsabilidad: responsabilidad por uno mismo, la familia, las personas en el lugar de trabajo y, más aún, por todos nosotros.” Ese énfasis dialoga directamente con lo que en Uruguay se denominó “libertad responsable”. En nuestro caso, además, sin una prohibición explícita de la movilidad. La apelación a la libertad como valor central no fue solo una respuesta coyuntural a la pandemia, sino una señal más profunda sobre cómo entendemos la relación entre el individuo y el Estado.
Quizás por eso la discusión sobre la libertad no sea solo una reflexión retrospectiva sobre la pandemia, sino una de las grandes discusiones políticas que se abren hacia adelante. Porque la libertad —entendida como responsabilidad y no como mero individualismo— va a ser un valor cada vez más decisivo en los años que vienen, probablemente más de lo que lo fue en el último quinquenio. Y eso ocurre en un contexto donde el Estado parece avanzar con creciente voracidad, en particular en materia recaudatoria, sin explicar con claridad para qué, cómo ni con qué resultados concretos sobre la vida de las personas.
El gobierno actual ha dado titulares, ha anunciado intenciones, pero cuando se profundiza aparece una lógica repetida: frente a problemas estructurales, como la pobreza infantil, la respuesta vuelve a ser casi exclusivamente la transferencia de dinero. Becas, bonos, refuerzos, nombres distintos para una misma herramienta. Y esa herramienta, ya lo sabemos, ha sido probada una y otra vez sin lograr transformar las realidades de base. Puede mejorar una estadística, puede aliviar una urgencia momentánea, pero no construye oportunidades ni cambia trayectorias de vida.
Ahí es donde la libertad deja de ser un concepto abstracto y se vuelve una cuestión central. Porque una sociedad verdaderamente libre no es la que reparte dependencia, sino la que habilita caminos; no la que iguala hacia abajo, sino la que eleva; no la que administra la pobreza, sino la que apuesta a superarla. Si la equidad se convierte en un pretexto para resignarse a que nadie avance demasiado, entonces el problema ya no es económico ni fiscal: es político. Y en ese escenario, renunciar a la libertad como motor del desarrollo no es una opción neutra, es una decisión con consecuencias profundas para el país que queremos ser.
Sinopsis
Durante dieciséis años, Angela Merkel asumió la responsabilidad de gobernar Alemania y dirigió el país a través de numerosas crisis, moldeando la política nacional, europea e internacional con su actitud y sus decisiones. En sus memorias, la política recuerda su vida en dos Estados alemanes: en la RDA hasta 1990, y luego en la Alemania reunificada. ¿Cómo logró ella, una mujer del Este, llegar a la cima de la CDU y convertirse en la primera canciller de una Alemania unida? ¿Y cómo llegó a convertirse en una de las jefas de gobierno más poderosas del mundo occidental? ¿Qué la guio?
En Libertad, Angela Merkel nos habla de la vida cotidiana en la Cancillería, así como de los dramáticos días y noches en que tomó decisiones trascendentales en Berlín, Bruselas y otros lugares. Traza las largas líneas de cambio en la cooperación internacional y revela la presión que soportan los políticos hoy en día cuando se trata de encontrar soluciones a problemas complejos en un mundo globalizado. Nos lleva entre bastidores de la política internacional y muestra la importancia que pueden tener las conversaciones personales, así como sus límites. Merkel reflexiona sobre las condiciones para la acción política en una época de creciente confrontación. Sus recuerdos ofrecen una visión única de los entresijos del poder y constituyen un decidido alegato en favor de la libertad.
Sobre la autora
Angela Merkel fue canciller de la República Federal de Alemania de 2005 a 2021 (la primera mujer en ocupar este cargo en la historia del país). Nacida en Hamburgo en 1954, creció en la RDA, donde estudió física y se doctoró, y fue elegida diputada al Bundestag alemán en 1990. Fue ministra Federal de la Mujer y la Juventud de 1991 a 1994, ministra Federal de Medio Ambiente, Protección de la Naturaleza y Seguridad Nuclear de 1994 a 1998 y presidenta de la Unión Cristianodemócrata de Alemania de 2000 a 2018. Puso fin a su carrera política activa en 2021.



